Hola, Nicolás.

No, no soy ni el hijo, ni el nieto, ni el bisnieto, ni el tataranieto de la panadera y que Inés Quintero me perdone por ello.

Mi árbol genealógico no da para tanto; quizás por alguna rama que le han desgajado.

Soy, apenas, el hijo de un repartidor de pan y nieto de un “cuneteado” por el fascismo español, agricultor y concejal de su pueblo (Larraga, Nafarroa, Euskal Herria, Unión Europea, Mundo), razón suficiente para que los admiradores de José Millán Astray, fundador de la llamada Legión Española, sí, aquel mismo que le espetó a Miguel de Unamuno eso de “muera la inteligencia”, encuentren, todavía, razones para semejante estulticia y para justificar un asesinato puro y simple (como unos 3.500 otros más en el territorio histórico de Nafarroa).

Si quieres, Nicolás, puedes descifrar un poco mejor lo que acabo de decirte preguntando a un desvergonzado José Luis Rodríguez Zapatero, con quien te encuentras públicamente tanto o menos que privadamente para encontrar cómo arrimar el fuego a tu sardina o cómo arrimar la sardina a tu fuego.

Alfredo Serrano Mancilla también te serviría para la consulta, aunque menos; este anda más en la onda de los cobres que en la del lustro.

Te abrevio, Nicolás. Ese agricultor, José María Los Arcos Sueskun, convertido por fuerza en repartidor de pan, tuvo el coraje de venirse para Venezuela, donde está enterrado, abriendo surco al resto de la familia. Aquí estamos y, hablando con franqueza, no sabemos si aquí estaremos antes de que cualquiera de nosotros, que ya somos unos cuantos, nos sintamos también cuneteados por malandros que, por lo que se ve, cuentan con más respaldo de tu gobierno que los camisas azules del de “El Generalísimo”.

Algunos bolívares ganados legítimamente por el repartidor de pan fueron invertidos, nunca mejor empleada esta palabra, en la compra y envío de algunos mapas y… amárrate, Nicolás, y no te caigas porque en La Habana te instruyeron para tenerles grima, un libro de Historia de Venezuela, un ejemplar de “Sobre la Misma Tierra” de Rómulo Gallegos, un ejemplar de “Formación Social y Cívica” y otro de la Constitución de 1961; esa misma que alguien distinguió con la boutade de “moribunda”.

Una constitución “moribunda” que, analizada en perspectiva histórica, revitalizó Venezuela gracias a un cumplimiento muy aceptable, aunque no fuese óptimo, mientras la Constitución actual apenas ha quedado en un instrumento manoseado y manipulado para hundir a un país que merece otro destino.

Ahora, Nicolás, como ya me he dado cuenta, desde hace rato, de tu capacidad de manipulación, déjame decirte algo; llegué a Venezuela en 1961 prácticamente terminando mi minoría de edad, con conciencia plena de la venezolanidad y, así te resulte extraño, feliz de escuchar de madrugada una radio libre que, fíjate por dónde, resultó ser Radio Caracas Radio. Me zambullí en el trabajo; conocí a la cuasi perfección el proceso de sustitución de importaciones y me ví inmerso en los procesos de otorgamientos de divisas preferenciales con una relación impecablemente profesional, respetuosa y honesta con el funcionariado del Banco Central de Venezuela (BCV).

Me siento republicanamente orgulloso de ello. Más tarde, se me ocurrió estudiar Periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB); es una profesión que ejerzo, ininterrumpidamente, desde 1970; si lo hice bien o mal, no me corresponde decirlo.

Entre tanto, Nicolás, creo que naciste en 1962, lo que quiere decir que tu venezolanidad consciente es unos cuantos años más corta que la mía y eso que ni siquiera entro a descontar de ella tus largos periodos de adoctrinamiento fuera del país a cargo de un régimen parásito, como el cubano.

Si te escribo estas líneas no solicitadas es porque tú mismo, Nicolás, me has provocado con eso de que, si no hay pan, es por causa de una “guerra económica” que debe ser de quinta o sexta generación porque, por más que oteo, no veo soldados, sino víctimas bajo la forma de moribundos, enfermos, hambrientos y no solo de pan, sino de Justicia… Resulta que, si no hay pan, es por una “guerra económica” y no porque no haya harina ni trigo,… ese tributo a la diosa Ceres que, quizás por iconoclasta o porque no te puede sacar más divisar vendiéndote armas, tu amigo Vladimir Putin no te envió por miles y miles de toneladas, como tú mismo dijiste que habíais negociado.

Soy muy sensible a tus soflamas, así como a las de Tareck Zaidan El Aissami Maddah, por cuanto si de Ustedes dependiese, no habría  ni pan pita ni con levadura. ¿Te imaginas, Nicolás? Si quieres, puedes chequear con Tibisay, tu ministra para las Elecciones y confirma que nací un 24 de Diciembre.

Esa noche, sí que fue Nochebuena. El repartidor de pan se las ingenió con el dueño de la panadería para hornear pan blanco; en una segunda etapa, cómo sortear a los esbirros para hacerlo llegar a la casa.

Como verás, Nicolás, soy hipersensible ante todo lo que sea pan, sobre todo cuando hay gente que uno ve con las manos en la masa y no se les atrapa.

A veces, me entran escalofríos porque, haciendo recuento de mis seis hermosísimos niet@s, resulta que de haber seguido “El Generalísimo” tu teoría bélico-alimentaria, yo ni siquiera hubiera nacido.