El estímulo de la Champions es innegociable ya para el Atlético, protagonista de un sueño centenario que busca con ahínco. En Leicester, en su modélico estadio King Power, ante una hinchada que ejerce como catapulta y que terminó el encuentro de pie aplaudiendo a sus gladiadores, eliminó al campeón de Inglaterra y se clasificó para su tercera semifinal en cuatro años.

Lo hizo en un partido aguerrido, de soberbio espíritu guerrillero, un duelo a la vieja usanza que decantó Saúl con su gol en el primer acto. La réplica posterior del Leicester hizo palidecer al Atlético, cuya férrea disciplina le impulsó hacia la visión de esa copa imposible.

Los hinchas del Leicester entonan cada saque de esquina como si hubiesen hecho cima en el K2. La grada del estadio King Power se estremeció con el primer córner y se jaleó a Morgan como si fuese a lanzar el penalti decisivo de una final de Champions. Inglaterra es muy suya para preservar las tradiciones y un lanzamiento desde el banderín siempre fue algo sagrado.

Para situaciones como esas uniformó Simeone a su equipo con Giménez. El central se divirtió y convenció la pasada jornada con Osasuna y su entrenador lo ubicó en el eje. Un defensa con toque, buen pie en el desplazamiento, perol sobre todo, imponente en en las alturas. Giménez despejó ese primer córner del Leicester, mitigó la efervescencia de la parroquia británica y expuso que su papel sería de nuevo decisivo.

Ya dice Simeone que cada uno gana como quiere. Y el Atlético, con él, exprime lo mejor de cada futbolista. Con Giménez el Atlético durmió más tranquilo y no concedió ninguna ocasión nítida hasta pasados 33 minutos, cuando la eliminatoria había aventado los penaltis y conducía de nuevo al Atlético a las semifinales de una Champions. Sucedió después de un gobierno claro del partido, de contener el ímpetu inicial del campeón inglés y de manejar el ritmo, más lento y contenido al atacar. Así llegó el gol de Saúl. La penetración sin prisas hasta el carril de Filipe, el centro preciso del brasileño y el cabezazo de Saúl, ahí donde duele, al vértice inferior de la portería.

El siguiente córner sobre Oblak se festejó con menos bulla y también participó Giménez en algún tipo de despeje. Con Savic y Godín, el Atlético se pertrechó para alcanzar su objetivo y la vez modo de vida: mantener la portería a cero. Mahrez la tuvo en un despiste de Filipe, pero el argelino ha bajado su rendimiento este año y su equipo echa de menos esa calidez de su zurda suave. Tardó en asistir a Vardy y éste se metió en fuera de juego cuando solo Oblak lo esperaba.

Apareció el mejor Atlético posible, convencido de su estilo, sin una fisura, con su estrella Griezmann mordiendo en cada balón dividido, capaz de anotar otro gol si Carrasco no fuese tan barroco, firme candidato a ganar cualquier Champions mientras Simeone permanezca en el club. El descanso fue casi una liberación para el Leicester y su hinchada. Cogieron impulso en la fría noche inglesa.

Lo que vino a continuación fue una demostración de orgullo del Leicester, la manera en que se pueden conseguir sueños si se persiguen en manada. A Oblak lo atacaron once búfalos en el césped y 40 almas en la grada. Por el costado con Albrighton, en los lanzamientos de banda de Fuchs al estilo Tomás, en cada aceleración de Mahrez y, sobre todo, el vigor natural de Vardy. Así llegó el gol, por insistencia y avasallamiento. No se sabe cómo Vardy envió el balón a la cazuela.

Ya tenía cuatro centrales en el campo Simeone (Lucas sustituyó a Juanfran) y ni así contenía el ardor guerrero del Leicester, implacable en el bombardeo por tierra, mar y aire. En ese seísmo, ya no se aproximó el equipo de Simeone a Schmeichel, Griezmann no volvió a catarla y tampoco Torres y Correa en los sucesivas modificaciones tácticas de su entrenador cambiaron el rumbo. Sufrió mucho el Atlético porque los rechaces no siempre tienen dueño y el balón tanteó cientos de veces la panorámica de Oblak, movió los cimientos del King Power el equipo británico con su arrojo y voluntad, pero no doblegó al Atlético, que ya sueña con otra final.