La Cibeles, acostumbrada en los últimos tiempos a la gloria europea, celebra ahora el resurgir del Real Madrid en la Liga, por fin campeón de un torneo que se le ha resistido más de la cuenta en este siglo XXI.

El título 33, más que nadie en la historia (el Barcelona sigue lejos, con 24), se festeja a lo grande, desatado el madridismo porque se ha instalado en una nube y aspira a la eternidad con la final de la Champions del 3 de junio, a solo dos semanas del doblete en función de lo que suceda en Cardiff.

Lleva la nave Zinedine Zidane y nadie se atreve a cuestionar al héroe, queridísimo cuando vestía de corto y venerado ahora que luce traje ajustado y corbata fina desde la banda. En estos dieciséis meses de pasión desde que aterrizó casi sin quererlo en el primer equipo, el francés ha reanimado al gigante, y su aventura, resumida con la victoria en Málaga (0-2) que anuló la estéril remontada del Barcelona ante el Éibar (4-2), permanecerá para siempre. Puede rematarla con la Duodécima, pero ese ya será otro cantar.

El alirón se entona ahora porque, dicho está, la Cibeles vuelve a ponerse guapa por la Liga, dignificado un torneo que apetecía muchísimo en el vestuario blanco, también en los despachos.

Ocho de los últimos doce campeonatos se los llevó el Barcelona y el Madrid no descorchaba el champán desde el curso 2011-12, con el volcánico José Mourinho haciendo cumbre en su momento más feliz como técnico en esa convulsa etapa que arrasó con casi todo.

Zidane es el polo opuesto al portugués, de una educación exquisita en casi todas sus comparecencias y con el indiscutible mérito de haberse ganado el cariño de todos, o de casi todos, los jugadores.
Más allá de las flechas y los círculos pretenciosos de la pizarra, el entrenador ha gestionado con temple el ego de una plantilla descomunal, sin estridencias y sin que nadie se haya salido demasiado de la raya.
En su aterrizaje forzoso en Valdebebas, dio por sentado que contaría siempre con Bale, Benzema y Cristiano, pero todos pueden sentirse protagonistas de esta fiesta, inteligente incluso desde el diván hasta el punto de hacerle entender al mismísimo Ronaldo, por experiencia propia, que también se puede ganar sin él y que el descanso es necesario a medida que caen los años. Como él fue tan bueno, pocos se atreven a discutirle.

El feliz desenlace llegó en Málaga, que quedará como una plaza amiga porque la grada fue blanca y entusiasta como lo podría ser la de Chamartín.

En una noche de las de siempre, preciosa al rescatarse los viejos transistores para seguir al mismo tiempo lo que pasaba en La Rosaleda y en el Camp Nou, el Madrid ahuyentó a los fantasmas de Tenerife y Míchel no fue Valdano, inevitable que los mal pensados busquen algún argumento en el pasado madridista del ahora entrenador del Málaga.

Esta vez no hubo cabezazo de Dertycia, ni gol en propia puerta de Ricardo Rocha, ni despeje incomprensible de Buyo a un pase aún más incomprensible de Sanchís desde el centro del campo para que Pier rematara a ese Madrid de Leo Beenhaker.

Esta vez lo que hubo fue un Madrid a lo campeón, como lo ha sido siempre con Zidane, un Madrid que por fin recupera la corona española. Nunca una Liga fue tan deseada como la 2016-17.

Sin lleno en el Camp Nou

Contrasta ese jolgorio con la tristeza en Barcelona, que ha preferido recordar esta semana los 25 años de Wembley y el zapatazo de Koeman contra la Sampdoria en Wembley que alentar al socio con otra noche mágica como esas de Tenerife o la del penalti de Djukic que condenó al Deportivo.

Lo cierto es que se perdió la fe con el triunfo del Madrid en Balaídos y la temporada en clave azulgrana queda pendiente únicamente de la Copa del Rey del próximo sábado, que asearía mínimamente un curso con demasiados chascos y lamentos.

La esplendorosa remontada contra el París Saint-Germain en la Champions derivó en una felicidad tan efímera como el asaltó al Bernabéu en el clásico del 23 de abril, dos victorias sin continuidad y, sobre todo, sin títulos.

Para colmo, en la despedida de Luis Enrique ni siquiera se llenó el Camp Nou (algo más de tres cuartos de entrada, demasiada butaca vacía), asumida la decepción de antemano. En cierto modo, el barcelonismo se ha acostumbrado a demasiada celebración en la última década, olvidando de dónde viene ese equipo y sin caer que en la era de Messi lleva solo tres Champions. La remontada contra el osado Éibar no sirvió para nada.

A las ocho y dos minutos se acabó la emoción del domingo, que fue más angustioso para el Madrid y para su gente en los prolegómenos que una vez empezó a rodar la pelota en el césped de la Costa del Sol.

A la par, sincronización casi perfecta, se pusieron en marcha los encuentros que escribían el epílogo y en 97 segundos ya estaba el Madrid abrazado en torno a Cristiano Ronaldo, definitivamente destapado como un «9» estupendo. Sus goles han sido igual de decisivos que la eclosión del asistente Isco, un genio que se ha quitado la etiqueta de incomprendido. En ambos casos, aplausos para Zidane.

Al acierto de Cristiano llegó cinco minutos después el gol de Inui en el Camp Nou, dibujando un escenario casi imposible para los catalanes. Murmullos, miradas de desaprobación al palco e impotencia en un grupo que solo reaccionó en el segundo acto y ya con 0-2, una cuestión de amor propio para que al menos el adiós de Luis Enrique no fuera tan lacrimógeno.

Precioso adiós al Calderón

Hubo lágrimas, y muchísimas, en el Vicente Calderón, que echó el cierre a una época preciosa para este Atlético de Madrid. Jugó el conjunto rojiblanco por última vez en su viejo estadio y se besó su gente con los goles de Fernando Torres, con el triunfo ante el Athletic (3-1) y con el anuncio de Diego Pablo Simeone, que confirma que estará en el traslado al nuevo hogar. Ahí aterrizará la Champions y el Sevilla espera llegar a ella, obligado a sudar en la previa al terminar cuarto.

Los billetes para la Liga Europa los sacaron el Villarreal y la Real, este último sobre la bocina. Como el título del Madrid, en la última jornada, a lo grande. Por fin manda en España.