Las noticias sobre los acontecimientos de la reciente semana en Zimbabwe han captado la atención del mundo, incluyendo la de los venezolanos que han visto de alguna manera en el recuento de lo sucedido en ese país, a su economía y a su gente bajo el mandato de Robert Mugabe, una suerte de recuerdos del futuro cuando se trata de vislumbrar lo que nos podría espera por el derrotero que el Gobierno nacional ha tomado.

Conocer el camino hacia el abismo no evita caer en él, menos cuando existe la vocación destructiva ampliamente demostrada por los que detentan el poder en Venezuela. Cuando se oye y se lee a los angustiados especialistas detallar cifras económicas y sociales que grafican el deterioro nacional no puede menos que constatarse que ya el país está en un foso profundo y que las autoridades en las distintas áreas de la administración pública lo que hacen es seguir cavando.

Uno de los daños más perversos que se puede hacer a cualquier sociedad es ahogar los deseos de superación y convencer a los ciudadanos, por la vía de los hechos, de que ir a la escuela y educarse no les reporta mayor beneficio. No es en el subsuelo sino en su recurso humano donde se asienta la verdadera riqueza de cualquier nación y Japón es de los mejores ejemplos. Siendo un territorio volcánico, con apenas superficie cultivable y sin recursos minerales, el país nipón ostenta cifras socioeconómicas más que envidiables y está entre los primeros lugares de las potencias del orbe.

La meritocracia, mucho se ha dicho ya, fue sofocada –y hasta estigmatizada– por un modelo político que ha vendido como justicia la homologación por lo bajo. Así, con esos parámetros, se fue deteriorando la calidad de la educación primaria y secundaria, se dificultó el acceso a la verdadera educación superior y se crearon instituciones concebidas para el adoctrinamiento y que no forman en lo absoluto para ganarse competitivamente la vida. Paralelamente, la inflación, la informalización de la economía, los obstáculos puestos a la organización sindical y gremial, el congelamiento de los contratos colectivos, entre otras trabas, dejaron a los profesionales universitarios bien educados en condiciones salariales ridículas en comparación con lo que obtienen los que ejercen cualquiera de los oficios nacidos a la luz de la distorsión reinante –mototaxistas, bachaqueros, charleros–, sin hablar de las actividades abiertamente delictivas que generan ingresos súbitos.

Todos los días en la calle se muestran evidencias de la descapitalización humana del país. “Para mí mejor, a mí los estudios no me han servido para nada”, se oyó días atrás comentar al encargado de una frutería en un edificio construido por la Gran Misión Vivienda, que justificaba así ante otro parroquiano que a su hija le habían impedido entrar ese día al liceo por no ajustarse a las reglas del uniforme. Con un gesto de su cabeza dio a entender que a la muchacha la prefería atendiendo el local y no en el aula. Si se recorre el bulevar de Sabana Grande a pleno día –valga decir en horario escolar– se encuentran decenas de jóvenes que deberían estar en los liceos pero que pasan su tiempo voceando a todo pulmón –y delante de la Policía– “se compra oro, se compran euros, dólares”, siendo así intermediarios en negocios opacos que mueven centenares de miles de bolívares en minutos.

Si el afán de conocimiento ya hace rato no motiva a los sectores de menores recursos a ir a la escuela, la garantía de recibir algún alimento estaba siendo un importante atractivo para ocupar los pupitres. Sin embargo, los esfuerzos de las comunidades educativas consecuentes se han visto mermados hasta casi la desaparición por las prioridades presupuestarias de un Gobierno al que no le preocupa nutrir a los habitantes –que no ciudadanos– ni por el estómago ni por el cerebro. El caso más notorio lo ha estado denunciando casi a diario, a través de Twitter, Juan Maragal, hasta hace poco director de Educación de Miranda, quien ha reclamado al nuevo gobernador, el oficialista Héctor Rodríguez, que desde las elecciones del 15 de octubre a los más de 10 mil niños de las escuelas públicas de esa entidad los han dejado sin siquiera un bocado.

A un pueblo cada vez más famélico e ignorante, el Gobierno le escamotea sus instrumentos de superación y cambio para hacerlo dúctil. Entonces, así como ensucia de todas las formas posibles el mecanismo del sufragio para distanciarlo de sus ejecutantes, así el Gobierno siembra de obstáculos el camino hacia la instrucción. En cambio, le ofrece todo su “amor” con la llamada Ley contra el odio, que procura instaurar el miedo –más del que ya existe– para inhibir la organización social, las manifestaciones de calle y las quejas, que los motivos sobran. La historia demuestra que el miedo es el instrumento más barato para cercenar la libertad.

Por 18 años el uso que el Gobierno ha dado al contenido del subsuelo nacional no ha servido sino para enriquecer a unos pocos y sumir a la enorme mayoría en la miseria. Y es que la verdadera riqueza de Venezuela no está en el Arco Minero ni en el petróleo, la verdadera riqueza del país es la que el régimen intenta apropiarse día a día, a base de amenazas y de propiciar el hambre. Quiere comprar los espíritus y las voluntades con prebendas para traficar, con carnets de la patria o las bolsas Clap. La verdadera riqueza de Venezuela es la tenacidad de toda una sociedad a la que se trata de someter para que renuncie definitivamente a su lucha por la restitución de la democracia, a su crecimiento individual y a la movilidad social por mérito propio, sencillamente a desarrollarse como persona según lo que dicta la Constitución hace tiempo preterida.

“Se compra oro” dicen los metamensajes de los voceros del Gobierno que aspiran a perpetuarse en el poder. Mientras, una población agobiada, perpleja y cada vez menos esperanzada ante las idas y venidas de una dirigencia política opositora que desperdicia las oportunidades, se debate entre seguir resistiendo hasta que la venzan los apremios de la biología y tenga que entregar al agiotista todo su caudal. El tiempo corre y el precio del oro verdadero baja. Elvia Gómez

@ElviaGomezR