JM. Rodríguez
No sé si la reiteración del engaño genera indecencia en los que lo construyen o en los que lo reciben.
Lo cierto es que ambas cosas caracterizan el comportamiento político de esos amplísimos sectores de la nación opuestos al proceso iniciado por Chávez y que, sin él, a trompicones continua.
Tal falseamiento está plenamente identificado y registrado en un millón de ensayos políticos.
La derecha es mentirosa en esencia. No hay otra manera, no se puede hablar del “encuentro de dos mundos” sin ocultar el genocidio cometido por los europeos.
Es insolente llamar democracia lo que se sustenta en la exclusión, la explotación y el saqueo.
Resulta criminal reducir la justicia al ámbito tribunalicio. Bélgica es la sede del “democratísimo” gobierno europeo, ese que no ha sido elegido por nadie.
Todavía, desde allí se sigue masacrando congoleños. Más de 80 mil por año desde que mataron y desmembraron a su líder Patrice Lumumba.
Pero, quedémonos en Venezuela para examinar tales comportamientos. No es simplemente engaños lo que reparte ostentosamente la derecha, como sus iguales de todo el planeta. Lo de aquí es en medio de un lenguaje que convierte en seminarista a Ramos Allup.
Usted puede estar en un puesto de hortalizas, escogiendo las pocas que puede comprar dado el escandaloso precio que le han colocado; allí habrá alguien explicando, en medio de una avalancha de obscenidades, como Maduro es quién le ha puesto ese valor para llevarse el dinero a Cuba.
Ni las cámaras de televisión contienen el frenesí escatológico de los manifestantes de la derecha cuando se les acerca un periodista “oficialista”.
Y la delicadeza y elegancia femenina no se esconde de tal desenfreno, por el contrario. Es justo decir que no es sólo contra los chavistas, en los últimos días hemos visto las mismas expresiones contra sus propios líderes.
Tanto es así que el incontinente presidente del Parlamento les mostró el trasero a sus seguidores insultantes, no frente a la cámaras del canal del Estado, sino a las de CÑN, cosa que a la mayamera Janiot le hizo añorar Bucaramanga.