JM. Rodríguez

Pedirle a un hijo que sea revolucionario porque eso fue su padre, es igual de abusivo que pedírselo al hijo de una fascista. Mi madre, además de católica, era de la Falange española. Afortunadamente las convicciones religiosas o políticas no son transportadas por los genes. Y por desdicha tampoco se apoyan en la razón.

La naturaleza humana es demasiado compleja. No es troquelada por la presión de un molde como las monedas o vaciada en un recipiente configurado previamente. Se puede parecer más al modelado en barro que intenta una representación de la realidad recogiendo, con capas superpuestas, aspectos singulares de ella.

Siempre será desacertado intentar naricear la vida de los hijos. Cuando se logra, el muchacho o la chica, vivirá una impenitente frustración. La única prefiguración que considero válida es aquella que busca convertir las acciones en conciencia, es decir, la conducta del compromiso.

Y esa conducta, como razón del ser, convierte una vida sustentada en la mentira o el fingimiento, más que un fracaso individual, en una pérdida de humanidad.

Toda esta digresión me pareció necesaria pues no pretendo jorobar a este hijo por no seguir a su padre. Sólo trato de decir que sin renunciar a lo que supone “su verdad” debió ser comedido.

La vehemencia con la que el hijo de Fabricio ataca a los gobiernos de Chávez y Maduro es la peor de las razones para señalar que a su padre simplemente lo mató un esbirro cualquiera. Algo así como un ocasional  “capitán Vegas” al que se le pasó la mano.

En su crítica a los regímenes que nos han mal gobernado saltó de Pérez Jiménez a Chávez, como si entre ambos lo que hubo fue un paréntesis de playa y palmeras.

Se cuidó el hijo de Fabricio de implicar a la institucionalidad adeca-copeyana en esa muerte, ni en la de los tres mil luchadores por la democracia que fueron asesinados por ese criminal contubernio.

Ahora, según él, son democráticos opositores perseguidos y encarcelados, a los que le han cercenados su derecho de conducir a la AN por el camino que les salga del forro. ¡Que cosas tiene la vida!