Gabriel Moreno

Un día lunes, en  plena luna llena, en el ancestral Perro Seco (urbanismo desarrollado a como viniera) muy cerca del majestuoso río Orinoco, en  Ciudad Bolívar, nació Manuel José Pirela  González.

Cuando empezó a usar pantalones largos, Manuel José,  sugestionado por la conquista de la riqueza fácil (y de un solo manotazo)  se marchó a lo más profundo de la selva guayanesa.

Las piedras preciosas (de todas las figuras y resplandores), poblaban su imaginario.

Seré rico y amado por las mujeres expresaba para sí, en sus cavilaciones de andariego, el muchacho de Perro Seco; en la selva se aprende a hablar solo.

La soledad es la escuela del monólogo. La selva profunda, sin embargo,  con las pupilas del chico, fue benevolente; fueron  extasiadas ellas con las más ignotas y originales  bellezas naturales que se pueda imaginar; disfrutó de sus exquisiteces climáticas.

El  éxito, en el encuentro de piedras preciosas, no le fue esquivo.

Cuenta él que, en el cauce de un límpido morichal (y sin ningún esfuerzo de extracción)  hizo suyos puñados y puñados de piedras de diamantes (redondos, bellos… refulgente de  luminosidades).

Con su mochila (bolsos para hombres) colmada  de piedras preciosas, Manuel José, ancló en el  Ciudad Bolívar de sus amores, a los veintiún años de edad.

Perro Seco lo aclamó.

Con una fortuna inmensa, el rey del diamante (eso era él) dispuso de una minúscula cantidad de ellas para repararle la casita a su madre María Eugenia y, para él, en el patio, fabricó una habitación tipo barraca minera (y allí se instaló).

Manuel José, de inmediato, se mudó a los bares, cantinas y prostíbulos habidos en Ciudad Bolívar y sus alrededores.

Probó, con  dispendio, todas las variedades de licores y vinos.

Los espacios de su vida (mientras tuvo fortuna) se llenaron de mujeres y fugaces placeres.

Gastó dinero a manos llenas.

Al quedar solo, sentía que, no obstante las aclamaciones de vedete que a diario recibía en los bares y cantinas, que nadie, en realidad,  lo quería. Que se burlaban de él, pensó.

El nunca modificó ese modelo  de vida.

No ahorro ni invirtió en nada.

Un día cualquiera, en su barraca, Manuel José, no encontró ni un bolívar en sus bolsillos.

No tenía nada, y, a no ser por María Eugenia, su madre, el hambre lo devoraba.

Vino la depresión. La ruina. La soledad. Quedó sin amigos. (Nunca los hubo).

Un día cualquiera, su madre le acarició su cabeza y se quedó toda una tarde con Manuel José.

Al retirarse, María Eugenia, le dijo: “hijo, mientras pienses como minero, no tendrás casa ni fogón y yo seré la única mujer que te quiera”.

Y agregó, enigmática: ”seré la empanadera de siempre, esa es mi mina de diamante….”.

Nada dijo él.

Manuel José no amaneció en su barraca.

Sólo un gallo (y él) le vieron partir.

Un gandolero le dio una cola, esta vez, Manuel José,  se fue rumbo al sur.

Tiempo después se supo que Manuel José se volvió a embombar, esta vez con oro.

Así pasaron treinta años. Siempre repitiéndose la misma historia. Por lo general, ese es el modelo de vida de los mineros.

En lo que quedaba de barraca, Manuel José yace.

Ya no está María Eugenia (falleció). Su cuerpo está enfermo. Su vida es una suma de carencias. Dicen que el gallo se asusta cuando lo escucha llorar. Y canta! (el gallo).

Manuel José, siente un vacío en su alma. Nada bonito (venido de la gente) de su vida,  recuerda. Da igual morir que estar vivo,  se dice!

Manuel José, en su andar minero, trabajó (y duro), más de treinta y siete años y no tiene prestaciones sociales ni pensión de vejez. No sabe qué es una jubilación. No tiene atención médica ni servicios farmacéuticos.

Así son los mineros.

El escenario humano/laboral, descrito, es un desafío para el derecho del trabajo en cuanto a ciencia que se ocupa de la protección del trabajo  ejecutado en un amplio abanico de modalidades.

Eso no puede seguir así. Ha de intervenir el estado y la sociedad.

El trabajo minero ejecutado a la ley de la selva, está destruyendo miles de vidas humanas. Hay que regularlo y protegerlo.

Hasta ahora, se constata, que la minería, en todas sus modalidades, no construye ciudades ni hospitales ni escuelas ni carreteras. No genera seguridad social. Contamina los ríos, lagos, manantiales y praderas;   destruye bosques.

No le conviene al país, eso!