La historia desconocida del ilusionista que bombardeó la luna

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Maestro del trucaje y la fantasía, la revolución de George Mèliés hizo levitar a sus actores, a los que llegó a mostrar decapitados pero con vida en pantalla; soñó con un viaje a la luna casi siete décadas antes de que Neil Armstrong caminase por el satélite en la misión Apolo 11, y convirtió el cine en un espectáculo digno del mejor truco de magia.

Hijo de un fabricante de calzado, soñó con un viaje a la luna casi siete décadas antes de que Neil Armstrong caminase por el satélite en la misión Apolo 11. Charles Chaplin le llamó el «alquimista de la luz», pero en realidad fue un mago que jugó con las imágenes. Sin George Mèliés, que terminó destruyendo los negativos de todas sus películas en un ataque de desesperación tras caer en la ruina, no se entendería el séptimo arte.

Porque, aunque parezca imposible, antes que Truffaut y Godard, que Capra y John Ford, o Hitchcock y Scorsese, el cine ya existía.

No lo hacía como lo conocemos hoy en día, pero en la época supuso un invento innovador.

Según la teoría, los hermanos Lumiére fueron los grandes impulsores del séptimo arte, siendo los primeros en proyectar imágenes en movimiento al mostrar a un grupo de obreros saliendo de una fábrica de Lyon en 1895. 46 segundos que iniciaron la odisea del cine.

Fueron tan pioneros que ni siquiera dudaron en dirigir a sus figurantes, exigiéndoles incluso que no mirasen hacia la cámara.

Pero fue su tren avanzando a toda velocidad hacia la cámara el que conmovió al público que estaba presente.

La primera película, sin embargo, no llegaría hasta un año después, cuando el ilusionista George Mèliés descubrió que no era necesario reproducir una imagen real, sino que la realidad podía ser falseada gracias a la tecnología. Este mago del cine, de cuya muerte se cumplieron ocho décadas el pasado 21 de enero, «fue el primero en presentir las fantásticas posibilidades que el nuevo juguete de Lumiére (que su propio inventor profetizó que no tenía futuro) suponía una forma de espectáculo», explica Juan Antonio Molina Foix en «Historias de cine. Relatos que inspiraron grandes películas» (Siruela, 2017).

Y aunque el escritor asegura que pese a «su delirante inventiva y su hábil mezcla de recursos teatrales y trucajes fotográficos» el ímpetu desenfrenado de los diletantes geniales que poseía Mèliés nunca pudo rebasar el nivel del ilusionismo, el cine actual no se entendería si este hombre no se hubiese permitido el lujo de soñar.

El «alquimista de la luz», como llamó Charles Chaplin a este visionario y pionero del séptimo arte, combinó el universo del padre de la magia moderna, Jean-Eugène Robert Houdeim, con la cinematografía de Étienne Jules Marey convirtiendo sus sueños en los del gran público.

Pese a haber sido artífice de más de 500 películas –de las que fue productor, realizador y distribuidor– entre 1896 y 1912, Mèliés sucumbió a una ruina económica, fruto de la irrupción de las primeras grandes productoras francesas como Pathé y Gaumont, que le llevó a destruir los negativos de todas sus películas en 1923.

Su legado cayó en el olvido hasta que la algunos colegas como Henri Langlois o el periodista Léon Druhot reivindicaron su contribución, ofreciéndole el respetado lugar en el que esta icónica figura reposa todavía en la actualidad, ochenta años después de su muerte con 76 años y que, otro genio actual como Martin Scorsese, no pudo evitar homenajear en su filme «La invención de Hugo».

Maestro del trucaje y la fantasía, la revolución de Mèliés hizo levitar a sus actores, a los que llegó a mostrar decapitados pero con vida en pantalla. Maestro del paso de manivela y pionero de los efectos especiales, aplicó al cine una batería de trucos –rudimentarios pero eficaces– sin los que, a todas luces, genios como Stanley Kubrick, Steven Spielberg o George Lucas no habrían podido desplegar su imaginación en pantalla.

La pirotecnia, las paradas de cámara, los fundidos o los efectos de color y montaje convirtieron el cine en un espectáculo, pero fue ese obús en el ojo el que le convirtió en leyenda con «Viaje a la luna».

El éxito sin precedentes de esta película, que disparó las copias ilegales en Estados Unidos, impulsó su lucha contra la piratería mucho antes de que existiese la palabra, forzando a Mèliés a abrir una sucursal en el país para proteger sus derechos.

Todo porque se permitió el lujo de soñar, y el cine, al fin y al cabo, era capturar esos sueños para que otros pudieran también imaginarlos. ABC de España