Nada retenía al fundador de Wikileaks en la embajada de Ecuador en Londres más que su voluntad de huir de la justicia

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Cuando Julian Assange fue sacado ayer por la fuerza de la embajada a cuya puerta había llamado 2.487 días antes pidiendo asilo, era un hombre completamente distinto de cuando entró.

Quien fuera icono de la libertad de expresión, defensor de la transparencia e ídolo de ‘hackers’ de todo el mundo fue devorado entre las paredes de esa embajada por un personaje siniestro entregado a varios enemigos de occidente.

Nada retenía a Assange en la embajada de Ecuador en Londres más que su voluntad de huir de la justicia.

En 2010 se había aprovechado de un soldado con graves problemas psicológicos y emocionales —según admitió este mismo en su consejo de guerra— para conseguir 700.000 documentos clasificados.

Entregó algunos a varios medios de comunicación de su elección, pero muchos otros los soltó sin ninguna cautela en su página web, dejando al descubierto y en peligro a civiles que de una forma u otra habían ayudado al ejército norteamericano en Afganistán.

«Tiene las manos manchadas de sangre», dijo de él el almirante Mike Mullen, jefe del estado mayor norteamericano. Para muchos Assange era todavía un titán, capaz de enfrentarse al ejército de la primera potencia mundial, la CIA, el FBI, la NSA y lo que hiciera falta.

Cierto es que el soldado del que obtuvo los documentos se pudría en una prisión militar a la espera de juicio, para ser luego condenado a 35 años e indultado por Barack Obama. Assange estaba libre y vendía libertad.

Huido a Londres, Assange hizo una serie de amigos que resultarían fiables y duraderos. Cobró del canal internacional del Kremlin RTpor presentar un programa de entrevistas y en él conoció a Rafael Correa, presidente de Ecuador, que en ante las cámaras le dijo: «Bienvenido al club de los perseguidos».

Ya era verano de 2012 y por aquel entonces la corte suprema británica falló contra Assange y le ordenó presentarse ante las autoridades para ser extraditado a Suecia.

Derrotado y cabizbajo, el fundador de Wikileaks llamó a la puerta de la embajada ecuatoriana en Londres el 19 de junio de 2012.

En menos de dos meses, Correa le concedió el asilo. No contento con ello, contrató a una empresa de seguridad española, UC Global, para que le vigilara y le protegiera.

La hasta entonces modesta delegación ecuatoriana en la capital británica se convirtió en lugar de peregrinación para una larga y pintoresca lista de personajes de todas las procedencias, como la actriz Pamela Anderson, el juez Baltasar Garzón, la cantante Yoko Ono o el líder del movimiento a favor del Brexit, Nigel Farage.

Assange siempre denunció que las acusaciones de abuso sexual carecían de fundamento y que en realidad quien estaba tras él eran los poderes fácticos de EE.UU.

Lo cierto es que la demanda por la que se solicita su extradición la presentó la fiscalía el 6 de marzo de este año, aunque hay indicios de que Assange ya había sido imputado antes.

Pese a que físicamente Assange vivía confinado con un gato en las diminutas dependencias en las que hacía vida, grabado y fotografiado como un concursante VIP de Gran Hermano, su poder e influencia se mantenían intactos.

Su trabajo se desarrollaba en internet y dependía únicamente de las redes sociales para movilizar a sus seguidores.

De entre las muchas campañas en las que Assange se embarcó —contra la OTAN y la Unión Europea, a favor del Brexit, de defensa del independentismo catalán, de acoso y derribo a Emmanuel Macron en Francia— hubo una que sirvió de último clavo en el ataúd de su buena imagen.

Según demostró el fiscal especial Robert Mueller, que acaba de culminar sus pesquisas sobre la injerencia del Kremlin en las elecciones presidenciales de EE.UU. en 2016, Assange recibió dos paquetes de documentos robados por ‘hackers’ rusos a la campaña de Hillary Clinton y al Partido Demócrata, y los filtró a través de Wikileaks en el momento más adecuado para que se beneficiara de ellos Donald Trump.

Ver a Trump en plena campaña proclamando «adoro a Wikileaks» le costó a Assange muchos apoyos en su base natural, la izquierda.

Si el fundador de Wikileaks pensaba que aquella era una promesa de indulto, o algo parecido, ayer, al salir de su refugio diplomático, se topó de bruces con la cruda realidad. Preguntado por él, su amigo Trump respondió, frío: «¿Wikileaks? ¡Yo no sé nada de Wikileaks!». ABC de España