Daniel Ortega: viejo presidente, nuevo dictador

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Claudia Herrera Pahl, editora jefe de la página web en castellano de DW

Este comentario sobre las elecciones presidenciales de ayer domingo 7 de noviembre en Nicaragua podría haberse escrito hace días, hace semanas o, incluso, hace meses. El ganador de esta farsa electoral era obvio.

Con todos los candidatos opositores tras las rejas y una sarta de comparsas desconocidos como competidores de contienda, así como un Consejo Supremo Electoral allegado al opresor, el guion del teatro puesto en escena por Daniel Ortega, Rosario Murillo y sus secuaces dictaba un final con contundente victoria del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y su candidato, Daniel Ortega.

A la grotesca declaración de victoria con la que finaliza esta comedia tragicómica seguirán airados análisis y comentarios de la prensa internacional —la nacional ya casi no existe—, criticando, advirtiendo, demandando.

Imperará el enojo y las advertencias, pero las críticas irán acallándose con el paso del tiempo, a medida que otros acontecimientos de este mundo convulso vayan conquistando las primeras planas de los medios.

Al binomio Ortega-Murillo poco le importará lo que la comunidad internacional escriba o diga sobre ellos.

En los libros de historia, esta pareja ya tiene seguro el título de dictadores sin escrúpulos, responsables de haber sepultado la democracia en Nicaragua y haber situado al país en la esquina de Cuba, Venezuela y Corea del Norte.

Esfumado el “honor”, ya no tienen mucho que perder. Y tampoco tienen mucho que temer.

Los países latinoamericanos, profundamente divididos entre sí, no lograron más que una tibia declaración de la Organización de Estados Americanos (OEA), denunciado irregularidades y calificando de parodia el proceso electoral.

Solo la vecina Costa Rica, desbordada por migrantes venezolanos y nicaragüenses, pide a gritos obligar a Ortega regresar a la senda democrática que hace mucho abandonó.

Como un murmullo lejano, llega la declaración de la Unión Europea (UE), calificando de fake las elecciones, y acompañada de amenazas de endurecer sanciones.

El martillo de las sanciones contempladas en la Ley Renacer, con la que Estados Unidos pretende presionar al régimen de Ortega y Murillo, tampoco ha impedido su perpetuación en el poder.

Es poco probable que estas amenazas hagan mucha mella en el camino emprendido por la pareja de autócratas nicaragüenses.

Por lo menos en el caso de sus hermanos de Corea del Norte o de Cuba estos mecanismos no han logrado mucho más que perjudicar al pueblo común y corriente.

No hay mal que dure 100 años, y también a Ortega y a Murillo les llegará su final. Pero Nicaragua, país de conciencia colectiva confundida, en el que los revolucionarios de ayer son los dictadores de hoy, en el que los guardianes de Somoza fueron también los de la Contra y son ahora —no todos, pero muchos— los comparsas de Ortega, difícilmente podrá cambiar pronto su destino.

El ADN de Nicaragua seguirá engendrando Ortegas y Murillos, tal vez no tan coloridos, pero con su sello inconfundible. Pararlos será muy difícil.

Nicaragua hace tiempo que perdió a su “primera línea”. Entre las cerca de 100.000 personas que han abandonado el país, muchos intelectuales y periodistas luchan ahora desde el extranjero, sin gran impacto.

Los estudiantes doblegados por la represión se quedaron mudos hace tres años. Las calles de Managua hace mucho que no acogen manifestación alguna.

Quedan junto a Ortega, Murillo y sus secuaces, unos 6 millones de nicaragüenses, de los cuales más de la mitad viven por debajo del nivel de pobreza.

Lo suyo es tratar de sobrevivir como puedan. Nicaragua, uno de los países más pobres del continente, podría serlo pronto aún más, con las consecuencias conocidas: más desempleo, más migración, más criminalidad, más zozobra, más odio, más miedo.

¡Desde de ayer, el futuro de Nicaragua y el del continente se ha vuelto aún más gris y tenebroso, con su viejo presidente y nuevo dictador!

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