De cuando ir a La Llovizna era tarea de un día

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Ender Quiñones

El Parque La Llovizna es para Ciudad Guayana lo que Central Park lo es para Nueva York, ojo nunca he ido a la Gran Manzana, pero me dicen que la comparación válida. Un centro de descanso, un oasis de verdor y agua, paz y contacto con la naturaleza en medio de una ciudad que cada día crece más y nos ahoga con los beneficios de la civilización y el indetenible progreso.

Ruido, contaminación, estrés; todo ese cóctel de situaciones que aderezan nuestra vida postmodernista y que nosotros de zánganos y masoquistas no queremos dejar porque es lo que nos ofrece seguridad y estatus de ciudadano.

Pero volviendo a la Llovizna, hermoso rincón, cientos de hectáreas de verdor, caminerías, el Caroní rodeándola y penetrándola en infinitos arroyos, quebradas y riachuelos  hasta desembocar nuevamente en el cauce principal que va más allá,  algunos kilómetros más abajo a unirse con el Padre Orinoco en una hermosa y pintoresca danza de aguas.

Uno de los primeros recuerdos del parque era que,  estando pequeño, las pocas veces que íbamos a La Llovizna era labor de todo un día; a saber; quienes tienen más de treinta años como yo recordarán con nostalgia y una sonrisa los Autobuses Blue Bird que del Campamento de  Edelca o del mismo Sidor, cumplían una ruta los sábados y domingos para ir hasta el parque.

Nosotros, los Quiñones-Viamonte, que para ese momento no contábamos con un carro, más de una vez nos montábamos en esos autobuses que tomábamos en la parada de la antigua Cooperativa Cecoguay, hoy Centro Comercial Ikabarú, y cuando estaban llenos enfilaban el rumbo hacia el parque.

¿Y por qué era labor de un día ir a La Llovizna? Sencillo, la ciudad no tenía en aquel entonces la red de carreteras y avenidas con que cuenta hoy.

A veces era cuestión de suerte, si la tenías el bus se llenaba por completo precisamente en esa parada de la Cooperativa, entonces el chófer subía por la Avenida Centurión o la Gumilla, pasaba la redoma el Dorado y pasaba frente al cementerio municipal para tomar la Vía El Pao, que era la ruta de acceso al Campamento de Edelca y también para el Parque.

Aunque parezca exagerado el solo viaje  desde ese punto, Doña Bárbara podía durar hasta una hora, ¿Pueden los guayaneses  de hoy en día imaginarse semejante situación? Y eso que era desde Doña Bárbara.

Hoy La Llovizna desde el punto más lejano de Puerto Ordaz o San Félix está a lo sumo treinta minutos de recorrido, pero en aquel entonces con la distancia y la soledad de esos parajes parecían lejísimo.

Ok, tomábamos la Vía El Pao, pasábamos la alcabala y siempre saludábamos a los Guardias Nacionales, y los trabajadores de Edelca Apostados en la garita.

Seguíamos el viaje y cuando pasabas el puente junto a la presa de Macagua nunca faltaba el comentario de asombro de alguno de los niños o adultos que viajaban en la unidad.

¡Mira la corriente que lleva el río!, ¡Se ve hondísimo allá abajo!, ¡Mi papá trabajó en la presa! Y todos los que estábamos cerca volteábamos porque en aquella época los hombres y mujeres que trabajaron en la construcción de la ciudad y sus empresas eran considerados, y yo todavía los veo así, como héroes y heroínas dignos de admiración porque los más viejos sabrán  que estas zonas eran chaparrales, mangales, promontorios de piedras y uno que otro peladero de chivos a las orillas del Caroní.

Por fin llegábamos a La Llovizna, los buses hacían la parada y todo el mundo se bajaba, estiraba las piernas y tomaba su camino.

Tal como hoy en aquel entonces no te decidías qué camino tomar, si las caminerías directo al salto pasando la placa de los docentes caídos en los años 60, la ruta larga entre el río y el bosque xerófilo o al Teatro de Piedra donde se hacían verdaderos espectáculos culturales y recreativos para las familias.

Casi siempre tomábamos la caminería directo al salto,   a los miradores casi frente al salto donde quedabas empapado por la fina bruma acuosa que de la cascada daba su nombre al salto y al parque.

Hermosos los arcoíris que formaban los rayos del sol al atravesar la cortina de agua y las caras de asombro de todas esas personas viendo, sintiendo el espectáculo que en aquel entonces el todavía  indómito Caroní ofrecía, parecía que la pared de agua te aplastaría de un momento a otro.

Aún mojados seguíamos el camino hasta el mirador principal, pasando el puente colgante sobre el impetuoso río que se llevó la vida de grandes figuras de la docencia venezolana allá el 23 de agosto del año 1964.

Una inocente jugarreta de unos cuantos profesores algo chispeados por las frías, terminó en tragedia al querer asustar a sus colegas balanceando el viejo puente que era de tablones de madera y guayas de acero.

De esa tragedia se salvó casi de milagro nuestro insigne y siempre recordado Luis Beltrán Prieto Figueroa porque estaba dando declaraciones a unos periodistas y por ello se separó y retrasó del grupo. Quince vidas se llevó el Caroní en esa ocasión.

Y bueno, con ese recuerdo en nuestras mentes cruzábamos el puente, no faltaba un ocioso que tratara de mecer el puente, el segundo,  de gruesas guayas de acero y dos pilotes, para asustar a los más pequeños o a las mujeres y hombres nerviosos…


Foto yohannagotopo

Así transcurría el día, caminando, disfrutando del silencio, el rumor de las aguas en los puentes y en las churuatas, almorzando los panes o las arepas que la Vieja Luisa, mi madre, preparaba y oportunamente envolvía en papel de aluminio.

Así estábamos hasta la hora de regreso, generalmente las dos o tres de la tarde cuando los buses iniciaban el retorno a las rutas para volver a casa.

Pero el tiempo pasa, llegaron los cambios, y la ciudad también cambió, nuevas vías, más oportunidad para disfrutar del verdor en medio de la jungla de cemento.

El Parque La Llovizna se convierte en un punto con mayor afluencia de visitas. Cada mañana es el destino favorito de corredores y caminantes. Los fines de semana miles de personas acuden a sus espacios para seguir dando continuidad a ese antiguo ritual que ya se ha convertido en tradición y sello de los guayaneses; recargar energías, contemplar la naturaleza y más reciente pasear en  bote y alimentar a los peces, sin dejar de lado sentir la paz que solo un lugar mágico como La Llovizna puede darle al visitante.  Eso si corres con la suerte que no te atraquen en pleno paseo.

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