El fantasma de la pensión

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(CNP19208).-En la ciudad de la Caracas Colonial, hace unos años atrás una vieja pensión,  cuentan los lugareños, y algunas informaciones que circulan por internet, que era “la casa del niño fantasma”.

Cualquiera de ustedes pudo haberse alojado allí. En la actualidad fue cambiada la dirección de esa pensión, para proteger a los patrones.

Pero es posible que la casa pueda ser reconocida porque aún la mata de mango, continúa en aquel lugar cargada de frutos, con una inmensa sombra.

“Buenos días, cómo amaneció mi huésped” decía la dueña recibiendo respuesta de un inquilino: “buen día bien, gracias, el jugo de mango que hizo, está sabroso. Quería informarle que ya terminé con mi negocio aquí en Caracas y me retiro pero antes de hacerlo, quiero preguntarle algo”.

La propietaria de la pensión responde – ¡Ay que malo que se va a su casa!

El arrendatario dice antes de entregar la habitación explica que  anoche anduvo por el establecimiento, pero fue interrumpido por la señora quien dijo tranquilamente -ustedes los jóvenes si son curiosos; ¿Qué andaba viendo por allí?

Luego la doña se  disculpa porque estaban llegando nuevos inquilinos y no pudo escuchar lo que él había visto en ese depósito.

La bienvenida

¡Bienvenidos a la pensión, es viejita, pero bonita! ¡Pasen adelante, ya los vamos a atender” siempre repetía la dueña, quien  preguntaba  ¿Qué lo hizo venir hasta la capital?

Alguno de los inquilinos con una sonrisa contestaba: -vine a una entrevista de trabajo con mi esposa. Me comentaron que en esta casa de huéspedes hacen una jalea muy buena –

“Eso es correcto –respondía la propietaria- aquí te vas a comer la mejor jalea de mango que hay en Caracas.

Mientras, otro de los ocupantes llegó a la habitación, arregló su equipaje y se acostó a descansar del viaje.

Cuando de repente comienza a escuchar un balón y sale a mirar por la ventana. Se va hacia la escalera, camina y resbala, cae, se da un fuerte golpe en la cabeza y queda en ese lugar.

El cuerpo desaparece. Al siguiente día, llegan todos al comedor de la pensión a desayunar y al preguntar por el inquilino que faltaba que había llegado con el grupo del día anterior, pero que fue el que tuvo el accidente en la escalera,  respondió la matrona de la pensión: “Se fue sin despedirse de mí”. ¡Buen provecho! Agregó.

El canto de un niño

Una dama que se encontraba hospedada en esa pensión, escucha un carrito que rodaba sin nadie agarrarlo. Sale a ver de dónde viene ese sonido.

Comienza a escuchar el canto de un chiquillo. La noche transcurría de una manera normal, solo se escuchaban los grillos.

En la copla se oye el infante cantando “dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña; como veía que resistía fueron a llamar otro elefante”. En ese momento comenzó a soplar la brisa muy fuerte.

Ella llega al depósito, desde donde se escuchaba la canción y vio colores,  ropa de niño, creyones de cera y una partida de nacimiento. En la partida aparece el nombre de la dueña de la pensión, por lo tanto, ese niño debe ser de ella.

La mujer está tan sorprendida que no se da cuenta cuanto la golpean. Se desmaya y arrastran su cuerpo hasta el patio y viva la entierran en la raíz de la mata de mango.

El sobrino

En la casa de huéspedes está alojado un caballero que gusta del aguardiente y es sobrino de la dueña.

Según la historia, probablemente éste se acercó a otro de los inquilinos comentándole que él sabía lo que ocurría en esa casa y con esa idea busca a un ex detective policial que se había alojado en días anteriores, diciéndole “yo quiero contarle lo que sucede aquí; yo sé lo que está pasando”, pero el experimentado hombre le responde “¿Qué vas contar tú, si vives borracho?”.

El sobrino insiste repitiendo “yo sé lo que habita aquí; a esta pensión la llaman “la casa del niño fantasma”.

Pero todo no quedó así, porque lo escuchó la señora de la pensión y lo increpa diciéndole -deja de decir tonterías en medio de tu borrachera; vete a dormir pasa todo el alcohol que te tomaste-.

El sobrino siguió tomando; se fue caminado con la botella de aguardiente hacia el patio, y la patrona lo mata para luego sepultarlo en ese sitio donde ya tenía a otros, incluyendo al niño.

Al siguiente día, les expresa a sus huéspedes en el comedor, informa con mucho dolor que “me llamaron para decirme que mi sobrino falleció de tanto ingerir licor; pobrecito, yo lo quería como a un hijo, paz, a su alma”.

Todos desaparecieron

Probablemente todos los arrendatarios que pernoctaban en tal ocasión, se desaparecían sin despedirse. Ya había cinco sepultados.

El ex policía se dio cuenta que algo andaba mal, pues llamó a un amigo de un cuerpo de seguridad y le dijo -en esa casa de huéspedes pasan cosas, la gente se desaparece, además siempre se denuncia que se escucha un niño cantando y jugando, pero nadie lo ha visto y después, esa gente que lo ha escuchado desaparece.

Por eso hermano yo le voy a dar la dirección de esta pensión para que investiguen.

Cayó la noche y el caballero salió al patio, se fue caminando en medio de la oscuridad, solo los grillos se escuchaban y de repente se oye un aullar de perro; eso en ocasiones puede ser indicativo de algo que no anda bien. Se tropieza con árboles frutales, en especial con la mata de mango.

Cuando mira hacia el suelo; distingue una mano o parte del cuerpo de una mujer, recordando la que se había desaparecido sin despedirse, pensando “Dios mío que pecado, es la señora de la pensión, ella es la que mata a los inquilinos”.

La patrona se da cuenta que la descubren y dice al inquilino -te gusta jugar al policía, tú también vas a morir- ratificando su culpabilidad, respondiendo el ex funcionario policial “tú eres la madre del niño que está muerto, tú lo mataste”.

Inmediatamente aparecen los funcionarios de la policía. Al distinguir la propietaria que llegan, se siente asustada y ese nerviosismo ayuda a descubrir todos los crímenes, en especial el del chiquillo.

El infante salía en esa pensión penando, tratando de decirles a los huéspedes lo que había ocurrido hace años atrás.

Estaba enterrado en la mata de mango cuyos frutos utilizaba en las famosas jaleas.

Cuando ande por Caracas, ¡cuídese de una jalea de mangos!

 

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