El martillo de Crescencio Mendoza aterraba a la Upata de los Carreros

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Atife Habib

Cronista de Upata atife43@gmail.com

La Capilla de San José, construida en Upata hacia el año 1903, ubicada en el centro de la ciudad y en una relación actual con el mercado municipal; constituía en la época  un vasto y extenso terreno desocupado, con pocas viviendas del tipo construcción colonial miserable, así definida por los eruditos de la arquitectura.

Por supuesto la primera experiencia de crear y establecer un lugar de expendio de víveres y carnes en Upata data de 1912, ubicada en las esquinas de la calle Unión y Ayacucho actual Casa de los Muñecos y Títeres Jau Jau; cuya información aportada por Dr. Efraín Ynaudi Bolívar y además ilustrada en sus publicaciones personales,  nuestro galeno de origen mezclado de raza italiana con pemón al que sus amigos llamaron “El Gran Pemón” primer Perinatólogo de Venezuela y creador de la Cátedra de Perinatología en el País, Universidad de Carabobo y fallecido a los 81 años de Edad en la ciudad de Valencia.

De manera absoluta se declara “El Padre de la Perinatología de Venezuela” título conferido por el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, aquel instrumento del estado venezolano creado en 1936 después de la experiencia de uno creado en los tiempos de la Revolución Restauradora, llamado El Ministerio de Agricultura y Salubridad Pública para atender las enfermedades endémicas de la época como La Malaria, Dengue, Filariosis, Mal de Chagas etc. ¡¡ Tiempos de crisis sanitaria!!

Crescencio Mendoza, era carpintero, nunca se supo sus orígenes; pero en fin, vivía en la ciudad, fabricaba urnas para el enterramiento de excelsos personajes como también los ofrecía a los más humildes habitantes.

La ciudad silenciosa en esa zona permitía que cuando este personaje hacía sonar los martillos sobre los maderos previamente elaborados y preparados para armar el cajón, producía un eco sonoro muy fuerte que erizaba los pelos de las pieles de la gente, al grado de angustia y temor porque representaba la infausta noticia del fallecimiento de “alguien”. El murmurar vecinal producía una corriente electromagnética hertziana que recorría las escasas seis o siete  calles del pueblo y así solían en principio transmitir la información de manera muy rápida de persona a persona; porque la radio en Upata llegó con el Sr. Acolito Peraza para el año de 1943 aproximadamente, que solía visitar la Plaza Bolívar en las tardes frescas para escuchar con los asiduos visitantes los pormenores de la segunda guerra mundial.

Ahora bien, Don Crescencio Mendoza entregaba sus productos de acuerdos a las especificaciones de los clientes para sus deudos.

Ciertamente ya para cualquier época existían los rituales sacramentales tanto indígenas como por tradiciones cristianas y no de aquellas cuyos credos diferían de la condición religiosa de los pueblos; es decir, los ateos.

Un registro eclesial de los difuntos establecía el primer asiento desde 1762 en aquellos tiempos y a partir de 1884 para esta zona del municipio Piar o Departamento Guzmán Blanco como así se llamaba, se crea el Registro Civil para los fallecidos.

El pueblo entraba en alarma y compungido por la muerte de un ser apreciado, conocido o querido por los moradores o habitantes del pueblo.

Crescencio era muy apreciado y respetado por su trabajo; pero además, temido por su martillo que representaba la Espada de Damocles para cualquier humano que por alguna diferencia o conflicto tuviera con él, correría el riesgo de enterrarlo desnudo como vino al mundo y no en el cofre de ritual funerario.

Hoy, contando con el recurso de la informática, la radiodifusión radial y televisiva, redes sociales etc… tenemos y estamos enfrentando un serio problema de salud pública como este singular y muy particular enemigo viral llamado Covid-19(coronavirus), que ha acabado y sigue haciéndolo con las vidas humanas de los Upatenses, desconociéndose además del número de fallecidos y de afectados, nosotros aún en las calles deambulamos libremente expuestos al contagio sin importarnos las recomendaciones del caso.

El eco o el sordo ruido aterrador del martillo de Crescencio Mendoza hoy transformado en el ulular de la ambulancia, los carros o carrozas fúnebres presentándose en horas nocturnas en las puertas de los cementerios.

El incumplimiento de los rituales de las exequias, el no realizar actos de velatorios o en el mejor de los casos no poder asistir a ver o visitar el familiar enfermo o de su enterramiento debe de alguna manera convocar a la reflexión y cuidarnos más.

Seguro estoy que cumpliendo con las medidas de protección podemos frenar la cadena de contagio y debilitar la capacidad de replicación del virus.

No quiero que resuenen en los oídos de nuestros los martillazos de Crescencio Mendoza.

Upata, 11/08/2020  

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