La política liquida una oportunidad para los tránsfuga

0
164
Justo Mendoza.-Los sedicientes “opositores” que ayer, con su firma al pliego oficialista, han ‘resolvido’ (VTV dixit) la crisis nacional cubrieron de vergüenzas sus destinos políticos y ciudadanos no sorprenden al país político y poco al país nacional, mas ellos son parte del proceso de la sorpresa de “la política líquida”, casi gaseosa, que se practica en y desde el régimen y que ha contagiado en general a todo los sectores no-oficialistas, para ser más abarcante que el mero perímetro de oposición política.
Contagio explicitado en por lo menos dos conductas; una, los golpes de mano de opositores -posición adelantada las llaman en futbol- que afectan a sus reales o potenciales aliados y en su contumacia hacen inestable y deleznable las propuestas y posiciones que se creían marcadoras del perfil opositor del partido o grupo en cuestión; dos, la tendencia a concebir toda estrategia de cambio -bien de negociación, electoral- como una disrupción, una fractura, y en vanidad narcisa de pretendida innovación se consideran todos los mecanismos previos ensayados como obsoletos y sus actores como demodé, tradicionalistas y jurásicos.
La debilidad de esta política de sorpresas, en disrupción negativa, es que no se afirma en preguntas sobre lo que ocurre sino en respuestas poco o nada efectivas -irónicamente manidas- para superar el estado de cosas. Así, el régimen gana por partida doble al dividir las fuerzas opositoras y descalificar las propuestas, partidos y liderazgos más estables y consolidados.
¿Qué denota a esta “política líquida”? Lo cambiante e insostenible en el tiempo, por lo que la ideología y la doctrina como tesis de visión de la sociedad es sustituida por un modelo de marketing o un relato demagógico de corto alcance, una ilusión; la flexibilidad adaptativa, en tanto que mecanismo pragmático de búsqueda de logros tangibles lo cual se hace acompañamiento de una opción indistintamente diste de los intereses que se dicen representar: la representación pierde sentido pues se desplaza de su origen hacia lo que hay y funciona: no hay lucha ni construcción.
Los desplazamientos de los propósitos políticos se alejan de las tesis políticas asi como de la organización: los programas políticos no son “ex ante”, programas, sino “ex post” a justificar. No tiene sentido la organización.
Lo ocurrido ayer 15S en una concertacion de soluciones, todos juntos, es una bufonada política prevista en la agenda de demolición de la democracia, el pluralismo y la alternabilidad, como de intento de venenosa paralización del proceso de cambio liberador que lideran los partidos democráticos parlamentarios, la legítima Asamblea Nacional y Juan Guaidó como presidente encargado.
El debut de la “política líquida” -desde La Casa Amarilla- pretendió ser un paso innovador en la interacción régimen  madurista-oposición; mas fue una reunión de tránsfugas firmando un contrato de adhesión.
El desenvolvimiento de esta política fabrica “tránsfugas” no en lo peyorativo sino en cuanto a que la sensación de inestabilidad, de licuefacción de lo propuesto como ejes connotativos del perfil partidista, hace deleznable esas tesis y se escapan a la busqueda de algo más innovador: es el relato de los tránsfugas ajustado a la política del régimen.
¿Acaso todo es inestable en la política venezolana a causa de la crisis que justifica la “fluidez” y “el acomodo”? Por supuesto que no. La política del régimen es predecible, relatable y estable, sus estrategias son describibles y sus tácticas -centradas en la sorpresa, la amenaza y el engaño- son demostradamente consabidas por su reiterada aplicación.
Asi mismo la política opositora hoy patentizada en la retahíla o mantra: cese a la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. Por lo que, el aquelarre político del 15S, es carente de imaginación, escaso en  criterios, representatividad y temas fundamentales respecto de la crisis para titularse como acuerdo gobierno-oposición.
Y no cubre la expectativa nacional de generar un nuevo eje de referencia para superar la tragedia venezolana puesto que no da respuestas a las interrogantes cruciales de los ciudadanos que se resumen en una pregunta ¿Hasta cuándo esto?
El valor de la propuesta de Juan Guaidó para superar la crisis es su solidez. Una ruta política: movilización popular, apoyo internacional y la retahila primigenia y guía, con legitimación soberana y sufragista; una ruta económica: crédito financiero, crecimiento económico, recuperación de las industrias básicas; una ruta social, plan de abordaje contingente de la crisis humanitaria compleja, alianza de lo público y lo privado para impulsar empleo, desarrollo humano y regreso. Una ruta constitucional y civilista.
Lo insostenible de los acomodaticios es su oportunismo adaptativo al fárrago defensivo del régimen: no es culpable de la tragedia, elecciones “contra” la oposición, la distopía perversa acogida, el silencio ante el desmoronamiento de la República y el desmigajamiento de la nación. Esta sumisión los confina al rechazo unánime.
Lo que desespera al régimen y enerva a los tránsfugas es que su “innovadora” iniciativa exhibe desnudo tanto a unos como a otros: el régimen con su parodia le dice a todos, dentro y fuera, que no tiene nada que negociar; los tranfugas, que son lo mismo, una cauda acomodaticia tasada a precio vil en la circunstancia menguada que vive Venezuela.
Lo que no pueden negociar es lo que ni uno ni el otro tienen: razón y votos. Serán vencidos por lo más sólido: la convicción política venezolana que el régimen debe terminar y sus comisarios deben irse.