Onward: horrorosamente bella

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sensacine.com.-En el universo platónico de las ideas, el verdadero contrasentido es lo informe, lo deforme, lo amorfo. La negatividad es vivida como una agresión y la mayor de las aporías. O sólo brillante sofisma.

¿Qué motivos hay para entusiasmarse por lo feo? O, de otro modo, ¿puede lo feo ser hermoso? Los nazis, por ejemplo, decidieron que no. Consideraban “degenerado” (fuera de género) lo no-bello.

Les molestaba (qué ironía) la visión de lo horrible por profunda. Parménides, griego con recursos de sofista, desconfiaba de tanto Platón. “¿Existe idea de cosas como el pelo o la suciedad?”, le preguntó a Sócrates.

Y el más fino de los discutidores dudó. La pregunta, sólo aparentemente paradójica, era sencilla: ¿Existe idea de la fealdad? Y un paso más allá: ¿No es acaso lo feo la forma más cruda de enseñar lo otro, lo bello? Y así. Onward, la última creación de Pixar es, por todo lo anterior, fea. Y ahí, su mayor victoria.

De repente, en manos del inesperado Dan Scanlon, el trazo en 3D pierde la naturalidad modélica de la casa y el gusto elegante por lo arcaico se evapora. Lejos del virtuosismo clásico de la saga Toy Story y ajeno al elegante trazo arcaizante de Up, se diría que la nueva creación se acerca peligrosamente a un raro feísmo brillante. Pero, y en contra de lo que pueda parecerle a Sócrates, eso no es demérito sino virtud.

Virtud platónica incluso. Dan Scanlon, al que sólo se le conocía la nada exigente Monstruos University, apuesta como buen sofista, aunque siempre desde la prudente educación, por lo feo; juega a poner patas arriba el universo que le da cobijo.

¿Y si, apurando, lo que se discutiera fuera la propia maquinaria de Disney como industria de ilusiones para el consumo?

Digamos que, en un giro arrebatador, todo da la vuelta. Ya no es el mundo fantástico el que se esconde de la realidad como en Toy Story, Monstruos, S.A. o Coco, sino al revés: el universo de verdad es el mágico, el fantástico, que, en su inconsciencia consumista, ha acabado por transformarse en pesadilla.

Y en realidad. Los protagonistas son elfos que no saben de sus poderes y los gatos callejeros han sido sustituidos por unicornios sucios. Es decir, lo escondido es lo evidente y lo obvio no es más que una malversación de todo aquello que tiempo atrás, en un mundo mítico, importó. Y ahora sí, y por responder a la pregunta del principio, sí que hay argumentos para entusiasmarse por lo feo.

Lo que sigue es la encantadora y genial historia de dos huérfanos en busca del fantasma de su padre que, en verdad (y del revés), es lo menos fantasmal y más cierto de lo que queda de él. Pero, por ser precisos, la paradoja no acaba aquí.

De la estética a la trama, la contradicción también alcanza al corazón mismo de todo esto. ¿Y si, apurando, lo que se discutiera fuera la propia maquinaria de Disney como industria de ilusiones para el consumo?

Si hubo un tiempo, como propone la película, en el que no hacían falta ni móviles ni pantallas ni parques temáticos ni plataformas on-line para estar entretenido, ¿a cuento de qué, y ya que estamos, un emporio como Disney con sus aplicaciones móviles, sus pantallas, sus parques temáticos y sus inminentes plataformas? Los sofistas tienen estas cosas: empiezan por discutir un argumento y acaban por proponer lo más parecido a un bello suicidio. Eso o la más provocadora de las contradicciones: horrorosamente bella.

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