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La leyenda negra y dorada de la diáspora

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La leyenda negra y dorada de la diáspora

Diana Gámez

Así como la colonización y la conquista española han generado leyendas negras y doradas, nuestra diáspora también tiene las suyas.

Están presentes en los cinco continentes, hacia donde han sido eyectados unos 9 millones de venezolanos.

Que no se han ido voluntariamente, sino que han sido expulsados, excluidos, desterrados, desechados, execrados, proscritos, desahuciados y aventados a tierras cercanas o muy lejanas.

Todo hecho por y en socialismo, como ha ocurrido en cualquier otro país, que le ha abierto sus puertas a la peor de las maldiciones gitanas, hasta ahora conocidas.

Porque nada es tan miserable y ruin como lo que le sucede a un pueblo, que cae en las garras de zurdópatas de cualquier tono de la variedad de los colorados.

Sufrido lo sufrido, por ahora, sólo queda asumir que a los nacidos en esta ribera del Arauca vibrador nos ha tocado padecer las consecuencias del odio, la ira y el resentimiento, de quienes se enquistaron en el poder para convertir nuestras vidas en una pesadilla que no tiene final.

Son casi dos décadas y media en las que han muerto muchos, pero que no llegan a los 9 millones de excluidos.

Esos que han huido con un morralito tricolor en la espalda, zapatos rotos y ropa raída, dispuestos a desafiar, incluso, los peligros del Darién, a fin de encontrar lo básico para su existencia.

Que le ha sido escamoteado por la ineptocracia corrupta y criminal que se ha adueñado de su Venezuela natal.

Nueve millones equivale a la población de dos países como Lituania, lugar de nacimiento de Júrate Rosales, quizás una de las pocas nacidas en las riberas del báltico que llegó a Venezuela.

A la que hizo su patria y donde fue recibida con los brazos abiertos.

No es el caso de millones de venezolanos -espoleados por el hambre- que han peregrinado hasta arribar a territorios, cuyos habitantes están más informados de la leyenda negra de nuestros sufridos compatriotas.

Porque, como todos saben, lo noticiable es siempre lo más alarmante, lo que atemoriza, lo malo.

Aquello oculta, indefectiblemente, lo positivo, lo bueno, lo sensible y virtuoso de la gran mayoría de los inmigrantes venezolanos.

Lo que circula como información destaca los homicidios, asesinatos, robos, estafas y otros crímenes cometidos por venezolanos que llegan por miles y millones a naciones, donde no han sido invitados y son huéspedes indeseados.

A diario leemos como en Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Panamá, México, etc, algunos desterrados se convierten en transgresores, y se hunden en el escabroso inframundo del delito.

Aquí debemos decir, en honor a la verdad, que desde Venezuela se ha exportado una delincuencia organizada de alta peligrosidad, que ha permeado el tejido social de aquellos países receptores, al hacer más temible la criminalidad local.

Son los trenes y los pranatos, que se han internacionalizado, con sólidos tentáculos en nuestro continente y, seguramente, en Europa.

En lo que pudiera aproximarse a una teoría de la organización criminal, podemos decir que trenes y pranatos serían versiones modernas de mafias, taifas, bandas y maras.

Esbozada parte de la leyenda negra debo decir que la leyenda dorada existe.

Es una realidad tangible que puede verse y sentirse incluso en las redes sociales, que suelen ser un cuérrago.

Al ser el canal por donde circulan las peores emociones humanas, vale decir el odio acompañado del resentimiento, la ira, la saña, la soberbia, la cólera, la descalificación, la burla y la humillación.

Pues de esa sentina, mi amigo Carlos Allembert  ha entresacado parte de lo bueno que los venezolanos han aportado a todos aquellos países que los han acogido.

“La diáspora hay que verla y asumirla en un contexto que está más allá de sus causas, de la situación país y de la política. Es un tema en el discurso de quienes disentimos de este régimen, que nos ha permitido calibrar la calidad y la madera de ese venezolano que ha sido obligado a buscar calidad de vida y bienestar en tierras extrañas. Valga recordar que antes emigraban quienes tenían recursos, hoy le ha tocado hacerlo al pueblo, al ciudadano de a pie, a quienes orgullosamente reivindico como mis paisanos. Por cuanto han sido más elogiados que rechazados en los países de acogida. Su nobleza, su disposición al trabajo, su facilidad de trato y educación están dejando huella, y hasta cambiando costumbres y hábitos…Testimonios de esto sobran”

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